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Jul 28

Bunbury la lía parda en el Teatro Real junto a 1.800 devotos

MADRID, 27 Jul. (EDIZIONES – David Gallardo) –

Mala noche para ser acomodador del Teatro Real. Y eso que lo intentaron y más o menos lo consiguieron durante la primera hora, aunque ya el desorden era evidente. Pero todo se desmadró cuando en el ecuador del recital Enrique Bunbury decidió bajar al patio de butacas para cantar Maldito duende. Llegados a ese punto tuvieron que desistir y contemplar con resignación cómo los 1.800 devotos fans del aragonés rompían definitivamente todas las reglas encaramándose a sus asientos y agolpándose frente al escenario.

Y eso que la velada comenzó con el clásico ambiente reverencial que se crea en los teatros, maximizado por la ya de por sí magnitud del Real. Por unos minutos pareció que quizás el concierto sería gobernado por el orden y el silencio, con el público escuchando atentamente desde sus asientos, abanicándose incesantemente y aplaudiendo en los momentos oportunos. Pero no.

No, porque ya desde Ahora y Dos clavos a mis alas se escuchaban constantemente aullidos y gritos que recordaban a los presentes que estaban en un concierto de rock. Y cuando llegó La Sirena Varada, primer recuerdo a Héroes del Silencio, los corsés comenzaron a romperse y los cinturones a tensarse de manera insoportable, algo refrendado después por el coro colectivo organizado en Porque las cosas cambian.

La del Teatro Real fue la primera parada madrileña del Mutaciones Tour 2016 (la segunda será el 10 de septiembre en el festival DCode, una perspectiva bien distinta ya desde el planteamiento), en el que Bunbury presenta el contenido de su MTV Unplugged: El libro de las mutaciones, directo grabado el pasado año en México en el que repasa sus treinta años de canciones, incluyendo, esta vez sí, varias canciones de Héroes del Silencio (apenas una por concierto era lo habitual en el pasado).

En esta reconciliación con su propio pasado, Bunbury pone la directa con El camino del exceso y Avalancha mientras ya se pasea de lado a lado del escenario y alarga las manos para toquetear al público de la primera fila, ya puesto contantemente en pie, igual que los del ‘gallinero’ de la quinta planta, que extienden sus brazos con vehemencia tanto para imitar los expansivos gestos del protagonista de la noche como para tratar de acercarse lo más posible a él desde la distancia mientras se dejan la garganta en Que tengas suertecita y Una canción triste.

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